miércoles, 13 de mayo de 2015

Zaltar Su llegada a la Gloriosa Ar (1era parte)

1.   EL PRINCIPIO.
                      
           

       Para Narrar como llegué a Gor, necesito contar la vida de mis padres en La tierra. Por supuesto, la conocí por mi padre, de ella… de mi madre apenas tengo recuerdos, murió siendo yo un bebe, y no se si puedo estar seguro de que esos recuerdos sean míos o son los de mi padre, cuando años después me hablaba de ella.

         Mi padre no conoció a sus padres, a mis abuelos. A él lo encontraron los sacerdotes que cuidaban de los niños huérfanos a las puertas del orfanato en el sureste del Neoyorkino condado del Bronx, desnudo, en una caja de cartón y su nombre escrito en un lateral a carbón, Ricardo Padilla. No supo nada mas de ellos, solo que le habían dado un nombre y que era de origen latino.

        En su tiempo libre me hablaba de mi madre y su vida con ella en un país que llamaba Tierra, mas tarde supe que nuestros orígenes no estaban en Gor, y que la Tierra era en realidad otro planeta. En esas ocasiones yo le preguntaba cuando algún detalle en Gor me llamaba la atención y quería saber si tenía su equivalencia en la Tierra. Sonreía cuando me contaba cosas de su difícil niñez, y las travesuras a las que sometía a los pobres sacerdotes, no aceptaba su autoridad y se metía continuamente en problemas, sus juegos en el patio siempre acaban en riña con los otros niños, lo que le valía para pasar mucho tiempo castigado, sobre todo en la habitación que llamaban “el armario” aislado de los demás huérfanos.

      A medida que el tiempo pasaba en el orfanato y crecía, aumentaba su inquietud y curiosidad por la vida que se desarrollaba fuera de las paredes del orfanato. Lograba esquivar la vigilancia de los sacerdotes y se escabullía a las calles saltando los muros acompañado de su mejor, -y al único que podía llamar- amigo, Michael. Por aquel entonces debían tener unos 13 o 14 años, cuando conocieron a otros dos chicos de su misma edad, que vivían en las calles y que les enseñaron a sobrevivir en los peligrosos barrios del Bronx. Lo que en principio parecía vivir aventuras fuera del orfanato se fue transformando en una vida de delincuencia. – Llevaba un mal camino –. Me decía con ojos tristes, y a la vez sus labios dibujaban sonrisa al recordar aquel periodo de su rebelde vida.

     En sus vagabundeos tenían enfrentamientos con otras bandas de chicos en la lucha por controlar los barrios cercanos al orfanato. Mi padre era alto para su edad, medía más de 1,70, y casi siempre estaba enfrentado a dos o tres de aquellos chavales a la vez. Eran muchas las ocasiones que volvían con las marcas de los golpes recibidos.
- Lo raro es que no nos expulsaran a algún internado, creo que en el fondo aquellos sacerdotes se preocupaban por nosotros. –

     Ocurrió unos seis meses después. Fue un sábado, ese día Michael y él pensaron reunir unos dólares antes de encontrarse con el resto de la banda al ver que en un callejón una ventana permanecía abierta. Todo transcurrió sin problemas, aquel piso estaba vacío y consiguieron algo de dinero. Cuando saltaron de vuelta al callejón, las sombras surgieron al momento viéndose rodeados y sin salida, eran al menos ocho chicos y ellos dos. Les quitaron dinero, y mientras a él era sujetado por dos de ellos, un tercero mantenía una navaja ante sus ojos y le propinaba algún que otro golpe. El resto del grupo golpeaban sin piedad a Michael, su cuerpo recibió una lluvia de salvajes puñetazos y patadas que lo estaban destrozando, mi padre sentía impotente la navaja en su cuello, y sabía que el sería el siguiente.

         Las sirenas de la policía alertaron al grupo de que se aproximaban. Al oírla los chicos que golpeaban a Michael desaparecieron a toda la velocidad que les permitía sus piernas, los que le sujetaban dudaron unos segundos, luego dieron a mi padre un fuerte golpe en el costado izquierdo y desaparecieron tras las huellas de sus amigos. Aquel último golpe le pilló de sorpresa, al instante noto un leve dolor en su costado, se llevó la mano y la retiró manchada de sangre, levantó su brazo y pudo ver como la sangre salpicaba el suelo corriéndole por la camisa y el pantalón, se dejó caer sobre la pared, empezaba todo le daba vueltas y se volvía tan oscuro como la noche.

       Michael murió dos días después en un hospital, la banda lo había destrozado por dentro. Mi padre pasó por el quirófano para cerrar la herida que lo mantuvo una semana en el hospital, por suerte la hoja no alcanzó su corazón, el arma entró por el costado y su punta se abrió camino hasta su espalda afectando ligeramente el pulmón, fue una suerte que en su nerviosismo el chico diera el golpe muy atrás. En cuanto la policía me interrogó me enviaron a la enfermería del orfanato. Poco le pude decir, tampoco me interesaba que supieran porqué estábamos allí.

     En la enfermería pasó el resto de su convalecencia, tan pronto como se supo en el hospital que era huérfano me “habían invitado” a dejar el hospital. La primera noche me subió la fiebre y pasé la noche delirando. A la mañana siguiente una mano retiraba una compresa de tela de su frente le despertó, pudo ver la sombra a una joven que humedecía la tela en un recipiente de agua y volvía a colocarla en su frente. Estaba fría.

Todavía entre sueños, preguntó…

- ¿Mama? - No supo la respuesta, volvió a dormirse. Él nunca conoció a su madre así que no tenía ningún sentido hacer aquella pregunta.

- Fue la fiebre, me decía, esa noche me la pasé soñando con la mujer que mi pensamiento había creado como mi madre.

        Despertó al medio día, la fiebre había bajado. Al moverme sintió como una mano se retiraba de la suya y se le posaba en la frente.

- ¡Ya no tiene fiebre! -- Dijo una joven voz desconocida.

- ¡Gracias a Dios!— Esta vez reconoció la voz del Padre Ambrosio. – No podemos con este chico,

si sigue así tendremos que mandarlo a un reformatorio o de lo contrario acabara mal. –

- ¿Qué estaría haciendo allí?—Preguntó de nuevo la voz.

- ¡Buscando que lo maten, igual que al pobre Michael¡ -- En la voz del Padre Ambrosio se notaba tristeza.

- ¿M… Mi… Michael ha muerto? – Pudo preguntar todavía adormilado mientras una corriente de tristeza le llegaba hasta el alma. Había perdido a su único amigo.

- ¡Si, pero no pienses en ello ahora, piensa en recuperarte pronto y pensar en tus actos! – Replicó una tercera voz.

- Padre, ahora no es el momento, ya tendremos tiempo de hablar con él de lo que ha sucedido y enderezar su rumbo..—Exclamó el Padre Ambrosio en un tono de protesta.

- ¡Vamos a dejarlo descansar ! – Dijo de nuevo la voz.

- ¡Vámonos Padre, hablaremos y tomaremos una decisión cuando sea el momento.! Lo dejamos en tus manos, Aíne. –

Aíne... Un bonito nombre… una cálida voz, pensaba mi padre mientras volvía a dormirse.

****

- ¡Buenos días, el desayuno! – La voz de Aíne sonaba alegre,

-¡Vamos, tómatelo y saldremos al patio a que nos dé el sol, vago! – Soltó Aíne con una risa cálida de complicidad.

      Aíne, mi madre, sostenía la bandeja entre sus manos, llevaba puesta su bata de enfermera y esperaba que mi padre incorporara para poner la bandeja sobre sus piernas. Se sentó al borde de la cama esperando que acabara de comer y poder retirar la bandeja. Mientras esperaba, sacaba un libro de su bolsillo, y le leía en voz alta. Él entre toma y toma la observaba en silencio.
   
      Ese día fue el primer día que pasamos juntos, en el patio, tu madre hablando sin parar, yo escuchándola. Me acompañó cada día hasta que nos hicimos inseparables.

     Tu madre fue una mujer muy hermosa y atractiva, me decía entre suspiros y miradas ausentes. Teníamos la misma edad, también era alta, solo un poco mas baja que yo, su pelo era rojo como el fuego, y tenía la cara salpicada de algunas pecas, sus ojos siempre me impresionaron, parecían dos esmeraldas brillantes, tienes sus ojos fue lo que heredaste de ella, sus hermosos y brillantes ojos verdes. Tu madre si conoció a sus padres. Se habían casado sin consentimiento de sus familias que se odiaban y emigraron a Norteamérica buscando una nueva vida lejos de odios familiares, así que cuando sus padres murieron en aquel accidente de coche se quedó sola en un país nuevo y sus familias de Irlanda no quisieron acogerla. Así acabó tu madre en el orfanato y así la conocí yo.

      Ella quería ser enfermera, así que los padres del orfanato decidieron que podían aprender ayudando a los enfermeros del orfanato, mientras estudiaba para tener su título cuando tuviera edad suficiente para presentarse a los exámenes.

     Al principio, la personalidad de tu madre no me gustó, era tan diferente a la mia, yo muy callado y reservado, ella no paraba de hablar, cada día al terminar su jornada se acercaba a mi cama y comenzaba a hablar sin parar, me contaba como fue su vida antes de su tragedia, sus esperanzas… sus sueños… sus miedos, su deseo de la cuidar de los enfermos, como sería su casa, el porche de su casa, cuantos hijos tendría… Yo no la comprendía ella era joven y tenía mucho que vivir, ¿Cómo podía planificar su vida tan pronto? Era desconcertante… Yo… pensaba que era una chica con una charla insufrible y que estaba un poco loca… Pero poco a poco fue ganándose mi amistad y con el tiempo, mi amor. Un día me confesó que no podía parar de hablar, porque no se atrevía a confesarme que se había enamorado de mi nada mas verme tendido en la cama. que había elegido vivir su vida junto a la mía mucho antes yo llegara a sospecharlo y cada vez que lo intentaba temblaba como una hoja.

- ¿Sabes?, tu madre fue siempre muy valiente expresando sus emociones…



      Mi padre corría entre los coches. Me llevaba en brazos mientras mi cuerpo inerte hervía a causa de la fiebre. En su desesperación lloraba pensando que no podía perderme a mi también. Nadie paraba, nadie le prestaba ayuda. Sospechaba que si yo no llegaba a un hospital no lograría sobrevivir. Al fin, pareció que le sonreía la suerte, un taxi, parado en una esquina esperaba a alguien. A los pocos metros pudo ver como un hombre delgado, tan alto como él llevaba entre sus brazos a una chica envuelta en una manta. Su pelo castaño sobresalía entre la tela.

       Apretó a correr, no le daría tiempo a alcanzarlo, el hombre alto puso el cuerpo de la chica en los asientos traseros del taxi, y se alejó de él en busca de un coche aparcado unos metros mas lejos. El taxista esperó a que aquel coche saliera primero. Lo que le dio tiempo a mi padre a alcanzar la puerta del taxi y entrar junto a la chica tendida en los asientos. El motor estaba en marcha ya.

- ¡Rápido, al hospital donde pensaba llevar a esta chica, mi hijo se muere! –

- ¡Baje del taxi!-- Fue la seca respuesta del taxista.

- ¡No pienso bajar, no voy a dejar que mi hijo muera en mis brazos!-- Bramó mi padre.


- ¡Le he dicho…..! – En este punto mi padre rodeó el cuello del taxista con su brazo.

- ¡Maneje o le rompo el cuello! – Su voz era amenazante.

         Aquel tipo pareció atemorizarse, levantó sus brazos y con voz calmada pero fría pareció rendirse a la evidencia que no podría deshacerse del intruso.

- Ok, ok, tranquilo, aparte su brazo y podremos irnos – Exclamó. Pero dijo algo más en una lengua que mi padre no conocía. Alguna palabrota en su idioma de origen pensó.

- ¡Lo apartaré cuando estemos en marcha, cuando esté seguro que vamos al hospital donde pensaba llevar a esta muchacha! --

        El conductor del taxi arrancó, y tomó la calle principal, mi padre soltó su brazo algunos minutos después. Su miedo a perderme se había transformado en rabia e ira hacia el taxista. _si lo que quería era dinero ya le pagar mas tarde, pensó._ Su atención volvió a mi, al relajarse contra el respaldo del taxi, su ira desapareció, volcó su atención en mí.

          Mientras me acunaba entre sus brazos, compungido, su pensamiento viajó a años atrás. Los religiosos supieron darle una oportunidad para redimirse y desviarlo de su mal camino, y él supo aprovecharla sin dudarlo, enderezar su camino y evitar morir joven. También conoció el amor junto mi madre, y a tener a una persona a su lado con la que compartir su vida. Le habían ofrecido elegir entre dejar el orfanato y entrar en un internado, o trabajar en un gimnasio donde también tomaría lecciones de boxeo. Acabó amándolo, en el saco de boxeo descargó sus energías durante tres años y en el ríng aprendió el respeto por sí mismo y a los demas. A los 18 años el gimnasio lo había convertido en un joven hábil y musculoso listo para pasar al boxeo profesional.

      Mi madre se quedó embarazada de mi cuando cumplía su edad adulta y les llegó el momento de abandonar el que había sido su hogar durante tantos años y comenzar a vivir una vida juntos. Durante esos tres años habían tenido sus altos y bajos, como cuando a mi madre una pareja quiso tomarla en adopción, pero mi madre ya amaba a mi padre y supo hacerse insufrible para aquel matrimonio, no estaba orgullosa de lo que hizo, había elegido su futuro y todos los caminos llevaban a mi padre.

       Se mudaron a un pequeño piso que pudieron pagar con el poco dinero que habían ahorrado trabajando en el gimnasio. Y mi madre en unos meses acabaría sus estudios de enfermería, mientras tanto había encontrado trabajo de limpiadora en un hospital. Mi padre encontró un segundo trabajo en una tienda de comestibles, de reponedor, lo que les permitía poder comenzar a ahorrar en espera de mi nacimiento y eran felices.

       Giró la cabeza y miró a la chica, hasta entonces no le había prestado atención, la manta que la cubría se había movido y estaba desnuda, excepto por la ropa interior, tuvo que admitir que era una de las mujeres mas bonitas que había conocido, incluso le pareció mas guapa que mi madre, volvió a arroparla con la manta. Pensó en mi madre, ella había muerto apenas hacía tres meses, se contagió de una enfermedad en el hospital donde trabajaba, ya de enfermera. Fue una enfermedad de esas raras y es de ahí de donde surgía todo su temor, de que yo hubiera sido también contagiado por mi madre. Comenzó a preocuparse, ya deberían haber llegado a algún hospital donde pudieran atenderme. Comenzó a prestar atención a las calles por donde cruzaban. Al mirar al frente pudo ver que entre él y el taxista se había levantado una barrera de cristal, eso le preocupo.

- ¿Cuando llegaremos a un hospital? – Preguntó sin estar seguro que el sonido le llegaría al conductor.

- ¡No vamos a ningún hospital! – la voz, tan fría como antes, le llegó de unos altavoces situados en algún lugar de aquel coche, al mismo oía el clank, clank, de los seguros de las puertas cerrarse.

       Inmediatamente se arrojó sobre la manija de apertura de la puerta, por supuesto no pudo abrirla. Casi entra en pánico, su miedo aumentó, según me explico, temía por mi vida, y por quedarse solo de nuevo, como cuando era un niño.

- Se equivocó al tomar el taxi --, sonreía, su sonrisa era siniestra. – Ya le avisé de que se bajara – dijo a continuación sin perder su siniestra sonrisa.

- Pero… esa chica, ¿No la lleva a un hospital? – Preguntó perplejo mi padre.

- Ella no está enferma va a realizar un largo viaje –replicó.

- ¿En el taxi? – Mi padre llegado a este punto me explicó que estaba desconcertado.

- No pedazo de idiota. En una nave espacial.

        Aquí fue donde mi padre se convenció que la persona que aquel hombre estaba rematadamente loco de atar.

- ¡Ey! Amigo cálmate. Solo para el carro y déjame que busque el ayuda por mi cuenta, ¿ok? --

      El hombre pareció comprender el pensamiento de mi padre, lo miró a través del espejo retrovisor y respondió: -- Demasiado tarde, tengo que llevar a la kajira al punto de encuentro y el tiempo apremia, así que relájate y buen viaje! –

- ¿Kajira…?, ¿Que demonios es una kajira ?. La voz de mi padre había vuelto a cambiar, volvía a tronar fuerte y segura, como si estuviera dispuesto a destrozar a aquel hombre solo con su voz.

- Lo cierto es que ya estamos en los suburbios, pronto dejaremos la ciudad, una kajira es una esclava, ella es una esclava, y la llevaremos a Gor junto con otras en una nave espacial, mira sus tobillos y muñecas, aunque me temo que un débil hombre de la tierra no comprenderá que tipo de mujer es ella. –

       Mi padre veía su mirada a través del retrovisor, sus ojos frios parecían no mentir, a pesar de todo le parecía una locura, pero levantó con cuidado la manta solo lo suficiente para ver sus piernas y sus tobillos atados por grilletes, volvió a la tela a su lugar, las manos de la chica sobresalían por fuera de la manta pero tenía sus muñecas ocultas por ellas. Mi padre levantó la manta lo suficiente para confirmar lo que sospechaba, también tenía atada sus manos. Escuchó unas risas, aquél tipo loco se reía a carcajadas.

- ¡Ese no es modo de tratar a una kajira estúpido terrícola, cualquier hombre que se precia ya la habría descubierto y apreciado en todo lo que vale, los hombres de la tierra sois débiles, no sois dignos de nuestro sexo, de nuestro dominio sobre las esclavas! – Mi padre se quedó helado, la boca abierta, queriendo responder pero sin saber el que. No le dio tiempo a nada mas de algún lugar un espeso gas salía de algún lugar del carro, dejándolo profundamente dormido.

       Al despertar su rostro tocaba el suelo. El lugar olía a hierba fresca y su cuerpo estaba empapado por el fresco rocío de la hierba, pronto amanecería. Al principio no recordaba que hacía allí, su mente estaba entre tinieblas. Le llevaba unas voces cercanas, estaba demasiado aturdido como para entender de lo que hablaban, y comenzó a recordar los últimos acontecimientos, seguía temiendo por mí, pero esperó a recuperar sus facultades sin moverse, escuchando las voces para poder tener una oportunidad de escapar de aquellos locos. Su mente se fue aclarando. y sus distinguían ya la verde hierba, las voces le llegaban claras, pero no pudo entender ningún sonido, hablaban una lengua que no había oído antes.

      Unos pasos se acercaban a él. Cerró los ojos y fingió que todavía no había despertado. Creyó ver su oportunidad y lanzando su brazo con fuerza pego sobre los tendones de las piernas del desconocido que estaba junto a él, lanzándolo de espaldas al suelo. Casi al momento se abalanzó sobre él. Atrapándolo por el cuello.

- ¡Mi hijo, donde está mi hijo que habéis hecho con el! –

- ¡Qui… qui… quitadme de encima a este imbécil! – Protestó el hombre con la respiración entrecortada por las manos de mi padre.

       Recibió un golpe, se sintió mareado pero no perdió la consciencia. Intentó levantarse pero fue sujeto por otros dos desconocidos.

- ¡Date prisa es fuerte como un mulo! Dijo uno de aquellos hombres.

       Casi al instante sintió como si un rayo atravesara todo su cuerpo, dejándolo paralizado, pero consciente de todo lo que sucedía a su alrededor. El tipo al que había lanzado a la hierba sujetaba una especie de barra de hierro con una luz en su punta, otro puso un pie bajo su cuerpo y lo volteó como si fuera un muñeco para ponerlo de vientre al suelo, luego clavó una rodilla en su espalda, clavándolo en el suelo.

       Esta vez aunque hablaban entre ellos lo hacían en un perfecto inglés.

- ¿¡Que hacemos con él, hemos recibido alguna oferta por kajirus!? Dijo uno de ellos.

- ¡No!, respondió otro, también algo, pero muy seco y delgado, de manos huesudas y mirada aterradora. Parecía ser el jefe de aquellos extraños seres.

- ¿Y el niño? – Volvió a preguntar.- Esta vez el jefe empleó su propia lengua, no supo su respuesta.

       El jefe sacó de entre sus ropas una caja de madera con varias ampollas y una jeringa de metal, parecía hecha en la época medieval. Eligió una de las ampollas de llenó la jeringa clavándola en mi cuerpo.

      Todos ellos vestían igual traje y sombrero negro.

     Mi padre lloraba, pensaba que todo había acabado para mí, su cerebro le gritaba.. --¡No, no, no¡… -- . Había perdido toda esperanza. Sintió alivio cuando le llegó el leve susurro del acero saliendo de su funda de cuero, pensó que todo terminaría pronto.

- ¿Acabamos ya? – Preguntó el hombre que lo tenía sujeto a tierra, mientras apoyaba su puñal en su cuello.

- ¡Espera un momento! – Respondió el jefe de ellos.

      Se reunieron de nuevo hablando ese extraño idioma que no era capaz de descifrar.

El hombre enjuto se acercó a él, y cogiéndolo por el pelo, lo obligó a mirarlo.

-Te vamos a dar la oportunidad de vivir, eres fuerte, quizás en el mercado de esclavos consigamos un buen precio por ti, si quieres vivir solo tendrás que repetir unas palabras –

     Mi padre miró con tristeza mi cuerpo tendido también en la hierba, aunque sobre la manta que la muchacha había llevado en el taxi. – Mi hijo ha muerto, era todo lo que tenía en la vida, yo también quiero morir.—

- ¿Qué te hace pensar que tu hijo está muerto? – Aquel hombre sonreía aunque su sonrisa no era nada tranquilizadora.

- ¡Vosotros, le habéis inyectado algo, al momento dejo de moverse sois unos asesinos sin escrúpulos!! --

      El hombre guardaba silencio sin dejar de sonreír. Al ver que no le llegaba respuesta se atrevió a preguntar -- ¿Entonces… no ha muerto? -

- ¡Puede que sí o puede que no! Dependerá de ti si quieres averiguarlo, solo tienes que repetir estas palabras. La kajiru…--

       Se sentía mal no había dejado de llorar, a pesar de todo aquél hombre había encendido una chispa de esperanza de volver a ver a su hijo. -- ¿Solo tengo que decir esas palabras? ¿Qué significan? --

- ¡Repítelas y lo sabrás! – Fue la seca respuesta.

- ¡La kajiru! -- . Dijo mi padre.

- ¡Otra vez¡ --. Le exigió.

-¡La kajiru¡ -- . Repitió mi padre mas fuerte.

- ¡Felicidades, has aprendido tu primera palabra en Goreano! --

       La sonrisa se volvió rápidamente en una mueca de desprecio, ordenó algo al hombre que lo sujetaba al suelo, este guardó el arma en el suelo, esposando sus muñecas y pies. Mientras el que parecía jefe de todos ellos, se acercaba con la jeringa nuevamente cargada, la clavó en su cuerpo y mientras perdía la consciencia preguntó.

- ¿Qué significa?, dímelo. --

- Significa… Soy un esclavo. –

       Perdió la conciencia, cuando volvió a recuperarla ya no estaba en su planeta natal.

Continuara...

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