Mostrando entradas con la etiqueta Zoltar Mercader de Ar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Zoltar Mercader de Ar. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de abril de 2019

Zaltar su llegada a la gloriosa Ar -3era- Parte






        El hombre caminaba con dificultad por las frías y ya deterioradas calles empedradas, su andar era pausado, algo en el, le hacia permanecer medio encorvado, se apretaba con una mano el costado izquierdo de su cuerpo, en su rostro se reflejaba un gesto de dolor el cual era acompañado por un tono pálido, con los labios apretados. A pesar de su postura se apreciaba que era un hombre alto, de cuerpo delgado pero fibroso. Vestía de traje negro, incluidas camisa y corbata, un negro sombrero de fieltro de ala ancha le ocultaba sus exóticos rasgos. Bajo el sombrero su cabello era de un castaño oscuro, casi negro, le llegaba hasta los hombros, pero lo mantenía atado en una coleta, sus ojos eran grises como el acero, que con la luz de la mañana refulgían con el brillo del sol, pero esta noche no era así. De pestañas y cejas bien pobladas, y aunque sus facciones eran toscas, extrañamente ocultaba un atractivo que no se podría explicar. Todo en el irradiaba sensualidad. 


       Se detuvo en la esquina posando una mano sobre la señal que indicaba que se encontraba en el cruce de las calles Madison, y Abraham Lincoln. 


         En esa esquina del cruce, pudo observar una tienda de artículos de lujo, en ella se lucia el número 10. Lo miro por unos instantes y sonrió son sorna, a pesar de que en su rostro reflejaba el dolor, descubriendo así, que se encontraba cerca de su destino. Al cabo de unos minutos descansado miró a su alrededor disimuladamente, muy cerca de allí se encontraba una pequeña plazoleta en donde una madre se divertía mientras columpiaba a su pequeño de no mas de 4 años, quien sonreía abiertamente y pedía a su madre le columpiara mas y mas alto, los miro largo rato… del otro lado, un viejo árbol de sauce daba sombra a una feliz pareja que no dejaba de besuquearse mientras el novio intentaba cogerle una nalga bajo la corta falda plisada, la chica le quitaba molesta sus insistentes manos y le reñía para que no lo hiciera mas, el extraño hombre, alzo sus ojos al cielo en una expresión de fastidio. Continuo su camino, comprobando que no había nada extraño, siguió unas calles mas, Y al doblar una esquina, justo había llegado al número 14 de la Calle Madison, inspiro profundamente, ya que al fin había llegado a su destino. Una vez que se encontraba frente al lugar donde culminaba su búsqueda, pretendió llamar a la puerta con decisión, pero se detuvo un instante, algo en el ambiente le hipnotizaba. Era un edificio viejo, de un extraño estilo colonial, de dos plantas de altura, con las paredes ennegrecidas por el humo de los coches, y pintadas con blasfemias y arabescas firmas, hechas quizás por jóvenes descarriados o pertenecientes a bandas callejeras, aquellas muralla sin dudas había sido un convento o peor aun una prisión…, y de los mas restringidos, alzo la vista y observo las ventanas de la segunda planta, eran altas y estrechas, y en las esquinas coronadas con cuatro torres cuadradas terminadas en cúpulas redondeadas, rematadas con sendas cruces en lo alto de cada una de ellas, hiedras enredadas se trepaban por las torres, y no eran de extrañarse que se solían bajar de aquellas torres o incluso subir, ya que muchas por no decir “Todas” las ventanas estaban enrejadas con barrotes de hierro ahora oxidados. Pero ahora, por alguna razón, aquel imponente edificio era hoy en día un hospicio resguardado por padres de una iglesia, que serbia para acoger a huérfanos y niños abandonados. 


       La puerta no se abrió, solo se abrió la portezuela de una mirilla por la que asomaron unos ojos grises, de aspecto cansados y surcados de arrugas al su alrededor El hombre se sobresalto, no se lo esperaba, no había alcanzado a tocar la extraña manilla que servía de timbre, cuando fue sorprendido mientras permaneció sumergido en lo que tenia frente a si. 


-¡Buenas tardes señor, soy el padre Jhon, ¿en que lo puedo ayudar?- era obvio que le observaron desde algún lugar, para saber que estaba alli sin siquiera haber tocada a la puerta. Miro a varios lados de la entrada y justo a alli frente a el, alli estaba la cámara de vigilancia. Sonrió nuevamente algo sorprendido. Se enderezo y miro serio al anciano quien mostraba su rostro arrugado por la mirilla de la enorme puerta. Este tuvo que mirar hacia arriba, el extraño era en verdad alto y su rostro repasaba la altura justa para mirar de frente a quienes tocan o esperan en la entrada. 


-¡Traigo un mensaje para el padre Mauricio de un viejo amigo para entregarlo en mano!- dijo el recién llegado en un extraño y duro acento. 


-El padre Mauricio esta dando clase a los pequeños en estos momentos y no se le puede molestar.- Replicó el anciano. –-A su derecha queda la rejilla del buzón, le llegará junto con el resto de su correo.- Su voz sonaba vieja y cansada. 


        El visitante quedó quedo en silencio un instante, parecía sopesar los pros y los contra de la respuesta del religioso. Finalmente se decidió a hablar. 


-El mensaje es de un hombre que siendo niño abandonaron en este lugar, y que una noche desapareció sin dejar rastro junto a su hijo. Si lo que me contó es cierto, ya recibieron noticias de él en el que le decían que estaba vivo en un planeta al otro lado del sol.- En sus ojos vio la sorpresa que sus palabras habían causado en el anciano que le confirmo, que efectivamente sabía de quien hablaba y eso le animo a continuar hablando. 


–Mi misión es entregar personalmente el mensaje al padre Mauricio o destruirlo si no consigo entregarlo -se encogió de hombros- a mi me da lo mismo, porque de las dos maneras mi misión estará acabada.- Amenazó con el mismo tono de voz extraña y fría que haba empleado durante toda la conversación. 


-Espere un momento- le dijo el anciano, mientras cerraba la mirilla. La puerta se abrió a un patio interior donde algunos niños hacían deporte. Al cabo seguía al religioso hasta una vieja habitación que hacia de despacho. Una mesa de barniz gastado con dos incomodas sillas, algunos utensilios para escribir y una biblia. Tras la mesa una librería y como único adorno, un Cristo crucificado en la pared. El padre Jhon, nervioso, le rogó que esperara mientras el salía en busca del padre Mauricio. El hombre se quitó la chaqueta que junto al bolsillo derecho tenia una fea quemadura. El interior de la chaqueta en estaba manchada de sangre , y en la camisa la mancha de sangre formaba un óvalo que se había extendido hacia abajo y la espalda. Se la quitó con un gesto de dolor, hizo un ovillo con ella y la puso sobre la herida apretando para intentar cortar la pérdida de sangre. 


       En ese momento dos ancianos vestidos con sotana y alzacuellos entraron en el despacho, uno era el padre Jhon, el otro le fue presentado como el padre Mauricio. 


-¡Esta usted herido.! Exclamó el padre Mauricio nada mas verlo y aceleró sus pasos, al tiempo que le decía a su acompañante, -padre valla usted a la enfermería y traigan el botiquín de primeros auxilios.- le dijo con rapidez. –Aunque… se alarmó al ver la profundidad y el tamaño del corte que el hombre presentaba en el costado… será mejor que llame a una ambulancia para llevarlo a un hospital.- 


      El religioso de inmediato dio media vuelta hacia la puerta siguiendo las instrucciones del padre Mauricio cuando el hombre habló deteniendo sus pasos. 


-No será necesario- dijo en aquel raro tono de voz, -con que traigan algunas vendas para la herida será suficiente.- Tomo de la chaqueta una pequeña caja forrada de piel que una vez abierta mostró cuatro ampollas de barro de diferentes colores. 


-Pero…- protestó el padre cuando el hombre levanto de nuevo la mano. – ¡Tenemos nuestra propia medicina, observe!.- replicó aunque con un gesto de dolor en su pálido rostro. 


       El hombre arrinconó con el brazo lo que había sobre la mesa y se tendió en ella con cuidado, tomó una de las ampollas de un color rojo carmesí y con cuidado quitó el tapón que la cubría, vertiendo el contenido, de color ámbar sobre la herida, de la que inmediatamente surgió vapor amarillento. Respiró profundamente aguantando el dolor mientras el bálsamo sanador cerraba la herida cortando el flujo de sangre. Al poco la herida se había cerrado, aunque no daba muestras de estar cicatrizada. 


-Ahora necesitaré proteger la herida para que no se me infecte, un buen vendaje hará el resto.- Comentó todavía entre muestras de dolor. El padre Mauricio apuró a su compañero y este salió hacia la enfermería. El hombre se incorporó y tomó otra ampolla de la caja que se tomó de golpe. 


El padre, curioso, preguntó -¿y esa para que es?.- 


-No estoy aquí para darle una clase de medicina Goreana.- Gruñó pero recordando que estaba ante un casta blanca, aunque fuera bárbaro, añadió más apaciguado.-Es para el dolor, nuestros físicos están más avanzados en medicinas que los vuestros que son unos carniceros.-Y con una amplia sonrisa, le dice a la vez que guarda todo dentro de su bolso- Ya ha visto como se ha cerrado mi herida y no a base de pinchar la car…..- 


     En ese momento se abrió de nuevo la puerta y entró el padre Jhon seguido por una muchacha pelirroja con la cara llena de pecas, que se paró un segundo sorprendida de verlo tan pálido y el torso cubierto con la sangre que empezaba a secarse. 


      El padre Mauricio la tranquilizó con una sonrisa… ¡Adelante hija mia!, Limpia y venda la la herida! 


    La muchacha con pasos inseguros caminó hacia el extraño hombre y durante un instante sus miradas se cruzaron, sus ojos grises parecían carecer de pupilas, se sintió turbada, y un escalofrío le corrió todo lel cuerpo. Aunque era joven, ya sentía las miradas de deseo de los hombres sobre ella, pero aquel hombre la miraba de forma diferente, como si estuviera evaluándola, o tasándola como si fuera un animal, para ella fue muy perturbador, y una nueva sensación de calor y escalofrío recorrió su cuerpo otra vez. Temblando, pasó un paño húmedo por el tórax y el estómago de aquel caballero extraño, limpiando casi toda la sangre, luego extrajo una caja de gasas estériles del maletín de primeros auxilios que había traído consigo, tomó una y la presionó suavemente sobre la herida. 


    Intranquilo y espantado, el padre Mauricio miró al hombre. -¿Entonces es verdad?, preguntó un tanto asustado -¿Ese planeta…. ¡Ummm! Como lo llamo Ricardo… (se dijo, intentando recordar)… Gor eso es… ¿Gor existe y Ricardo vive en ese planeta? , ¿y es cierto que se llevan a mujeres par..- 


     El hombre que no perdía de vista las evoluciones de la muchacha mientras trabajaba, perdió interés en ella atraído por la voz del religioso interrumpiéndolo de nuevo. 


-¡Si, Titus me dijo que ese era su nombre cuando vivía en la tierra de bárbaros, él vive allí con su hijo, Zaltar…!, calló un momento y miró a la muchacha –¿Pero crees que este es el momento adecuado para hablar de estas cosas? -Lo dijo volviendo a centrar sus ojos sobre el rostro de la joven que cada vez se ponía más y más colorada, a tal grado que la punta de sus orejas que sobresalían de su espeso y lacio cabello se le tornaron de un rojo intenso igual que su pelo. 


    La muchacha desenrollaba una ancha tira de venda alrededor del musculoso cuerpo del visitante, después de dos o tres vueltas, la subió hasta el hombro, para que se sujetara mejor, y dejándola caer de nuevo por la espalda le dio dos vueltas más sujetándola con esparadrapo para que se mantuviera firme en su lugar. 


-¡He terminado padre Mauricio!- le dijo al religioso, un poco más tranquila al ver que había dejado de ser el centro de atención del hombre. El padre asintió, -Puedes marcharte, hija mía, pero toma la ropa manchada de sangre, y llévatela, ve luego a la lavandería, haber sin encuentras una nueva chaqueta y una camisa limpia que le sirva.- 


-¡Aceptaré la ropa limpia, pero mi ropa la llevaré conmigo, tráeme una bolsa donde pueda llevarla!- dijo hombre mientras hacía girar su brazo para comprobar si el vendaje le impedía moverlo con normalidad. 


-Entonces, ¿la carta…?- reclamó el padre. 


      El hombre levanto la mano.- ¡Un momento!... Giro la cabeza mirando a la joven…-¡Ve a por la ropa muchacha! Harta!, se mordió el labio al recordar que la joven no le entendería, aquella palabra significaba que se diera prisa, era la típica frase por las que las esclavas corrían temerosas. El hombre no estaba acostumbrado a que ninguna mujer sea libre o no, le desafiara tantas veces mirándolo a los ojos sin su permiso, pero esta joven no sabía nada de sus leyes y costumbres, pero tarde o temprano se enteraría de eso estaba seguro. Aquel cabello rojizo, deseo tenerlo entre sus manos.


Continuara...

domingo, 3 de abril de 2016

Zaltar Su llegada a la Gloriosa Ar -2da parte-

2.       El kajirus.
      
Me llamo Ricardo,  en realidad me llamaba así antes de abandonar la Tierra, ahora poseo un nombre más acorde a los hombre libre de esta tierra, mis apellidos nunca llegue a conocerlos soy huérfano, y… aunque esta es la historia de mi hijo; la parte en la que alcanzamos la libertad en este mundo esclavista corre de mi parte, porque él, era demasiado pequeño para recordarla.

 La pieza de esta  historia, que va unida a la mía, está ya escrita en un manuscrito que pude enviar a la Tierra, - En uno de los tantos viajes espaciales que se hicieron a mi planeta natal, en busca de esclavas-  Implícitamente ordene se le hiciera llegar a los religiosos que cuidaron de mi siendo un niño para que conozcan que este mundo es real y existe, y de cómo fue que llegamos a él.

Fuimos traídos a este planeta y convertidos en esclavos, ahora, somos hombres libres y nos sentimos orgullosos de serlo, aunque el camino hacia la libertad no fue fácil,  tuvimos que ganarla.

En este planeta, todo tenía un precio y el nuestro fue pagado con la esclavitud, pero valió la pena, y para hoy poder respirar de nuevo no me importo las largas horas de extenuante trabajo bajo el látigo castigados del amo, y ahora libres en un mundo terriblemente cruel y salvaje donde hasta los más fuertes y adaptados luchan por  sobrevivir. Dicho esto me despido con una última advertencia a quien pueda leer esta parte de mi legado.

“Leed con atención...porque esta es mi Historia, pero puede ser la de cualquier persona, incluso la tuya, que hoy lees este manuscrito, y que creas que nada de lo aquí dicho es cierto”
                                                                                            10.344, 23 de En`Kara

              Amados padres

Será para ustedes una sorpresa recibir noticias mías después de tantos años. Estoy convencido de que después de tantos años habré sido declarado desaparecido o muerto junto a mi  hijo. La verdad acerca de mi desaparición y continuidad con mi vida, les puede resultar aterradora, y aunque parezca una fantasía, no lo es. Fuimos secuestrados y llevados a otro mundo, uno al que le llaman Gor.

       Gor, existe en una órbita paralela a la Tierra, siempre oculto por el sol, que aquí, recibe el nombre de Lar-Torvis, aunque me consta que la existencia de este universo paralelo comienza  conocerse gracias a los manuscritos enviados con anterioridad, por un Hombre, un libre de nombre Tarl Cabot un guerrero Tarnsman *Un Tarnsman, es un libre que tiende a trasladarse en un tarn, un ave enorme, considerado  pájaro de guerra gigantesco;* quien también al igual que yo, nacido en la Tierra, y hoy es un amigo. Así, que pensé que era justo que ustedes, a los que considero como mis padres, tuvieran derecho a saber sobre mi destino y el de mi hijo. 



       Fue una noche, hace 15 años terrícolas, Zaltar, así se llama ahora mi hijo, enfermó gravemente de la misma enfermedad de la que murió mí querida esposa Ainé, su madre. Corrí con él en brazos, por las calles de la ciudad buscando un taxi, no creí prudente esperar a una ambulancia, mi hijo se me moría entre los brazos, así que sin pensarlo entre en el primer taxi que vi, pensando que me que se podía dirigir a un hospital, o porque no desviarse, al fin y al cabo era una emergencia; el taxi estaba estacionado en una esquina, así que me subí, en él había dos hombres vestidos completamente de negro, aunque eso podía decirse igual estaba oscuro; al entrar por la otra puerta observe que introducían a una chica que parecía estar sin sentido, inconsciente. Por casualidad otra emergencia, estaba de suerte si se dirigían a un hospital. Pero me equivocaba, aquellos hombres no se dirigían a ningún hospital y la chica no estaba inconsciente por un accidente; la acababan de secuestrar. Ese era su oficio, secuestrar  jóvenes e inocentes chicas  y traerlas aquí a nuestro planeta, Gor, no son chicas elegidas al azar, sino que son estudiadas durante largo tiempo, y si son consideradas apropiadas son traídas a este mundo con un único propósito.



Una vez dentro del taxi, pude comprobar que estaba terriblemente equivocado, y que nunca llegaría a un hospital, creí haber caído en manos de un loco y nunca supe como llegue al lugar donde nos esperaba la nave espacial que nos trajo hasta aquí. Recuerdo que un gas me dejó sin sentido, y  Cuando desperté estaba tendido en la hierba, unos hombres inyectaban algo a mi hijo, y creí haberlo perdido para siempre. Al verlo, pensé que había perdido la parte de Ainé que me quedaba, así que cuando aquellos hombres me preguntaron si quería vivir o morir, no lo dudé, no quería seguir vivo sin ellos, sin embargo el destino tenía otras metas para mí. La esperanza de que mi hijo siguiera vivo  y la confianza en mi fuerza y entrenamiento para poder líbrame de aquellos tipos a la primera oportunidad me ayudaron a querer seguir viviendo.

       A mí, como a mi hijo también, me inyectaron un líquido color ámbar, no recuerdo nada más de aquella noche. Desperté tirado en el suelo boca arriba cargado de cadenas, recuerdo que vi un cielo de un color azul intenso, solo cubierto por alguna nube blanca, ocasional que eran empujadas por la suave brisa;  a cada inspiración sentía como mis pulmones se llenaban  de un aire limpio y abundante en oxigeno, sin el mas mínimo rastro de polución ambiental.  Las cadenas, eran gruesas y pesadas, pero sentía que en comparación no lo eran  tanto  como lo serian en la tierra, era algo completamente extraño… Y fue en ese momento cuando supe que jamás volvería al que consideraba mi hogar.

       Estoy seguro que no habría sobrevivido a este mundo como un kajiru (así llaman a los hombres condenados a la esclavitud), porque nunca lo fui, y aunque estaba esclavizado, no lo sentía así, y es que eso no estaba en mi naturaleza. En la Tierra Había luchado y vencido a otros hombres en combates, cuerpo a cuerpo, y sin duda me habría rebelado contra estos hombres, lo que habría conducido a mi muerte,  pero la perdida de mi amada Ainé, y ahora también la desaparición de mi querido y único hijo y al no había visto desde aquella noche –al que creí muerto- me mantenía sin ánimo, sin voluntad, el pensar en lo ocurrido me había dejado destrozado anímicamente; me dejé llevar como un autómata, al cruel mundo de la esclavitud, pero yo nunca deje buscaba noticias de mi hijo, y aunque solía captar la atención de los libres, solo recibía encogimiento de hombros, en muchos casos una orden  con desdén, amenazas incluidas hasta de muerte, y en el peor de los casos, que era en su mayoría los  golpes de látigo.




       Aprendí a ser un esclavo, a como servir, a como arrodillarme ante los hombres y mujeres libres, aprendí a que no debía mirarle a los ojos, a menos que fuera petición expresa, a nunca llamar a un amo o ama por su nombre, era consideraron un insulto manchar su nombre con los labios de un esclavo, y se era severamente castigado por ello.  Y dependiendo de la tarea a la que me destinaran, se me enseño a realizar tarea especificas, desde trabajar mis músculos para trabajar como  bestia de carga en una granja Goreana, hasta ser complaciente y saber seducir a una mujer, siendo si fuere el caso, un  esclavo del placer.

Estos eran esclavos elegidos por su aspecto físico y belleza para ser iniciados en técnicas sexuales. Todas sus enseñanzas, según estos crueles hombres, algún día podrían salvarme la vida. “Servir y obedecer” me hicieron grabar  a fuego en mi cerebro, con cada sentir el cuero del látigo sobre mi cuerpo, y soportar el peso de las cadenas en mis muñecas y tobillos. Aprendí rápido a hablar Goreano con fluidez, pero se me negó aprender la lectura y la escritura.  Se dice que a los esclavos se les procuraba mantener en la ignorancia, lo que a futuro les dificultara que encontraran lugares donde esconderse en caso de alguna fuga o rebelión. En todo el tiempo que estuve en el kennel no supe cómo se llamaba la ciudad donde estaba, hasta que me sacaron para mi posterior venta.

       Durante las noches dormía en mi perrera, una jaula de pequeñas dimensiones en la que solo podía estar arrodillado o tumbado de lado con las piernas recogidas sobre mi pecho, algo dolorosamente incomodo.

A veces por las noches lloraba recordando a mi familia perdida,  cosa que los esclavistas tomaban como síntoma de debilidad, porque ellos consideran a los hombres de la tierra débiles por no saberse imponerse sobre las mujeres de la tierra. Mostrar sus emociones estaba prohibido a nosotros como  esclavos,  a menos que como ya dije antes, su propietario se lo ordenara, sin embargo un los hombres libres no era considerado como tal cosa, ellos incluso lo hacían sin pudor aun delante de otros hombres, entre ellos estaba bien visto. Formaba parte de su cultura, de sus castas y ahora que soy libre de mi cultura.

       Cuando mi entrenamiento acabó fui llevado a la herrería del kennel,  allí cerraron un collar de acero alrededor de mi cuello, remachando el cierre con dos golpes de martillo que sonaron más fuerte en mi corazón desgarrado que en el frio hierro del yunque sobre el que me obligaron a apoyar la cabeza, antes solo había llevado una simple correa de cuero con hebilla, que por supuesto estaba prohibido quitarme, y marcaron en mi muslo, cerca de la cadera una letra algo grotesca, la “Kef” inicial de la palabra kajirus, ambos eran señal inequívoca de mi esclavitud. Pasé de ser un hombre en la Tierra, a una mercancía que se podía vender y comprar en todo Gor. Ese día también  volví ver la luz del Lar-Torvis.

Me llevaron a la  consulta de un libre de Casta Verde o lo que sería aquí en la tierra un Medico, quien comprobó mi estado de salud en general, tomo medidas de mis proporciones corporales, me auscultó, y finalmente me puso una inyección con una larga aguja en la cadera, era una serie de tres que me administrarían en lapsus de unos días. Supe que con esas inyecciones ya no envejecería y que tendría el mismo aspecto para el resto de mi vida… que no podría morir de vejez… aunque eso no significaba que fuera inmortal, podía sangrar por tanto, podía morir.

       Y finalmente llegó el día en que fui llevado al mercado como si fuera un animal…. Ganado para vender y comprar. Me agarré al recuerdo de mi esposa y mi hijo perdidos, que fue de las pocas cosas que los esclavistas no pudieron borrar, mi rostro no expresaba ninguna emoción, a excepción de los regueros de lágrimas corriendo por mi cara, estaba muerto por dentro y ya ni me sentía como un hombre, me dejaba llevar por el entorno que hasta entonces me había dominado, ni siquiera mi corazón palpitaba con fuerza al saber que iba a ser vendido, que tendría que servir y también obedecer todos los deseos  de mi amo o ama por muy ingratos o desagradable que lo considerase. Pensaba en mi familia, en lo que había perdido y poco me importaba mi futuro, si vivía o moría, si era libre o esclavo, todo eso daba igual. Estaba vacío y vencido.

       Mientras me transportaban era insultado, escupido y sometido a las risas y burlas por parte de las kajirae (esclavas) que en las calles esperaban a los esclavos que eran llevados al mercado, ella desprecian a los kajirus, a los que no consideran hombres de verdad. Cuando llegué al mercado, tenía unos cuantos esputos de  esclavas  sobre mi piel, nos dieron unos cubos y agua para limpiarnos antes de ser vendidos.

      
A continuación, antes de subir al curuleo (la casa de subastas de esclavos más famosa de la ciudad de Ar), escribieron algo sobre mi pecho izquierdo un numero de lote,  me dijeron que era el número 4 de la cadena, los esclavos se solían vender en grupos o en solitario dependiendo de su calidad de aprendizaje, y de la valoración de los esclavitas. La cadena la formábamos 10 hombres todos desnudos con la excepción de un trozo de tela atado alrededor de la cintura con una larga cuerda de fibra, pero eso también desaparecería en el momento de la subasta, todos los esclavos son vendidos desnudos, hay un dicho en Gor que dice que solo un tonto compraría a una kajira (o kajiru) vestido. Yo era el único bárbaro de la cadena, es decir el único hombre traído de la tierra, el único no nacido en Gor, el resto eran botín de guerra por los que no se había pagado rescate en alguna batalla entre ejércitos de ciudades rivales. Cuanto más alto era el precio de salida del esclavo, más bajo es el número en la cadena, la venta siempre comienzan por el ultimo de la cadena, la cadena la forman el grupo unido por una misma cadena por el cuello o el pie y en la mayoría de las ocasiones por ambos.

       Nuestra cadena era la única formada por  hombres, el resto era cadena de esclavas,  ciento de ellas dispuestas para la venta, todas preciosas, unas desnudas y otras apenas cubiertas con unos harapos, de distintos orígenes, y con todos los tonos de piel y color de pelo que había conocido en la tierra, las había nativas, y también muchas barbarás secuestradas de la tierra, pero entonces yo no lo sabía, era un simple esclavo, lo  aprendí cuando conseguir ser libre, aprendí a diferenciarlas y a someterlas.

 Entre aquellas mujeres habían algunas aterrorizadas lloraban sin parar y se cubrían sus cuerpos semidesnudos  con las manos, esperando con miedo su destino, seguramente su primera venta, otras con más experiencia miraban con interés y curiosidad a los hombres que pasaban dirigiéndole amplias sonrisas y preguntándose si sería aquel guapo amo quien seria su dueño.

       Mientras esperaba resignado mi turno pensaba en la suerte que habría corrido mi hijo, me preguntaba si seguía vivo y si  había seguido mi mismo destino de esclavitud, la duda me taladraba el alma como clavos calentados al rojo, si era así estos hombres eran crueles, solo tenía 4 años o eran… ¿5 años ya?, no podía estar seguro del tiempo que había estado encerrado en aquella jaula lejos de la luz del Sol y cuantos días habían pasado.

En su cautiverio le habían administrado un suero inventado por los físicos, que según le contaron, curaba la enfermedad de la vejez, tendría la misma apariencia para el resto de su vida hasta su cita con la muerte. Sería terrible vivir casi eternamente sin poder aclarar su destino. La tristeza me envolvió, deje que mis lágrimas volvieran a correr otra vez por mi  rostro hasta mi barbilla, goteando y humedeciendo la blanda paja sobre la que  me arrodillaba.

       La cadena me obligó a ponerme en pie cuando tiró de mi, los esclavos habían girado de nuevo del torno que hacia avanzar la cadena a la que estábamos encadenados hasta la corta escalera que me llevaría a la tarima de subastas y a un futuro incierto. Dos esclavos humedecían paños de lana con una mezcla de agua y aceite de Tharlarion que frotaron por mi piel, para  que brillara lustrosa a la luz del Lar-Torvis y hacerla más atractiva. El guardia que los vigilaba, hizo un gesto con la cabeza hacia el subastador que esperaba en la tarima, y la cadena tiró de nuevo del collar que llevaba, obligándome a subir los escasos cuatro escalones hacia la tarima.

       Presentía que no sería agradable, había escuchado, la mofa, las risas y los insultos de aquellos hombres libres a mis hermanos de cadena, y a pesar de todo no esperaba lo humillante que sería ser subastado. Un aullido grotesco subió entre los libres allí reunidos, la mayoría de ellos solo buscaban un poco de diversión a costa de la humillación de los esclavos, solo unos pocos de ellos pujarían con la intención de comprar.  La cadena continuó tirando de mi collar hasta llevarme al poste central donde de inmediato me arrodille en torre, con la mirada puesta en la paja que se acumulaba en el suelo a una orden muda del subastador. Junto al poste habían colocado una gran bola de hierro, que habían llevado entre tres esclavos, marcada con signos Goreanos que, naturalmente, yo no pude leer, supuse que marcaba su peso.

       El subastador tuvo que alzar su voz para poder dejarse oír por la multitud allí agolpada, a la vez que los libres lanzaban silbidos al aire, como si yo fuera la más bella de las esclavas, que provocaba la hilaridad de los que le rodeaban…

-¡lote numero 4!.. -oí gritar al esclavista.
-¡Un excelente ejemplar de bestia barbará… escogida entre lo mejor de los ridículos hombres de la tierra!.. - Un murmullo de desaprobación se elevó entre el público, las bestias terrícolas no eran muy apreciadas por aquellos barbaros y crueles hombres… El esclavista reaccionó de inmediato… Chasqueo los dedos llamando mi atención.

-¡Muéstrale la fuerza de tus músculos, kajiru!- me dijo mientras señalaba la enorme bola… Lo miré incrédulo, había levantado mucho peso en la tierra, mientras me preparaba para el boxeo, pero aquella bola… dudaba en poder levantarla, abrí los ojos ampliamente, era una orden y tenía que obedecer si no conseguía levantarla sufriría el castigo del látigo.

       Me apresuré a caminar hacia ella con la firme decisión de levantarla o morir en el intento. Entre el público se hizo un desconcertante silencio... Me acuclillé, sin muchas esperanzas de poder levantarla y la abracé rodeándola con mis brazos con mis manos lo más cerca posible del suelo  y tire de ella con fuerza. La bola era condenadamente pesaba, tensé mis músculos tirando hacia arriba poco convencido, sin embargo a media que tiraba, sentí como conseguía levantarla del suelo lentamente, aunque llegue a pensar que mis articulaciones y tendones reventarían sin remedio, en la Tierra jamás habría conseguido levantarla, y di gracias por que la gravedad en este planeta sea más baja. Mi confianza en la fortaleza de mis músculos fue en aumento y con  gran esfuerzo me la llevé al pecho en un fuerte abrazo, luego mis piernas comenzaron a funcionar, levanté mi cuerpo despacio, cargando con el peso hasta que me pude quedar de pie… A medida que conseguía levantar la bola, el silencio entre los libres reunido paso a ser de admiración y sorprendidos por mi gesta… Entonces el subastador aprovechando el momento levantó de nuevo la voz.


-¡Puede ser que este bárbaro sea débil en el manejo de las esclavas barbarás de la tierra –el publico volvió a las chanzas y a las risa-, pero observad su fuerza descomunal… es capaz de levantar un bosk si su propietario se lo pide... - Llegado a este punto, mi cuerpo comenzó a sudar, y mis piernas y brazos comenzaron a temblar a causa del esfuerzo que suponía sostenerla,  la cara me ardía  y apretaba la mandíbula con fuerza esperando la orden de soltarla de nuevo, el subastador sin dejar de hablar señaló con el kurt que llevaba en la mano el lugar donde quería que dejara la bola, cosa que hice prontamente y con gran alivio de mi cuerpo, para volver a arrodillarme a una indicación suya.

       Una voz se elevo entre el publico…
-¡Ofrezco 5 tarsks de cobre, tengo  seis boskas que inseminar y se me murió el semental!  - Un coro de risas se elevó entre los libres. Sentí como me ardía la cara ante esta nueva humillación, pero no levante la mirada del suelo. Otra voz se elevo,
-¡Hazlo arrodillarse como esclavo del placer…. Eso enamorará a las boskas! - Esta vez, pude oír la alegre carcajada del esclavista que se sumó a las risas generales, mi cuerpo volvió a temblar, la ira y la adrenalina corría por todo mi cuerpo,  pero era un esclavo, estaba cargado de cadenas, y del cinturón de mi subastador colgaba un látigo de dura piel de serpiente… nada podía hacer por evitar ser humillado en este mundo duro y cruel.

       El subastador hablo de nuevo tan pronto dejo de reír.
–Este esclavo, ha sido entrenado en su tierra natal para enfrentarse a otros con los puños en un espectáculo que  ellos llaman “boxeo”, ya habéis comprobado su fuerza, y en el kennel lo hemos hecho combatir con otros esclavos con sus manos acolchadas para no estropear sus bonitas caras, las libres necesitadas de un esclavo del placer harán una gran compra sin dudas! – Y continuó alabando mis esclavas virtudes.
–Jamás perdió un combate, la mayoría de sus rivales solo aguantaron tres golpes. Cualquier libre que lo compre tendrá una excelente bestia de carga!-

       El subastador hizo una pausa…
-¡Su precio de salida es de 30 tarsks de cobre!- Una mano masculina se levantó de inmediato, era la primera oferta por este esclavo… Casi de inmediato se alzó otra voz ofreciendo 35 tarsks. Otra voz en otro rincón se elevo…
       -¡Necesito a una bestia que tire de mi arado, ofrezco 37….¡-
- ¡40...! - En este punto la subasta se detuvo y el subastador habló de nuevo con la mano levantada…
-¡Ofrecen 40 tarsks de cobre, y considero que es un insulto a esta casa ofrecer este precio por este esclavo.
-¿Entre la multitud habrá alguna libre…? –hizo una pequeña pausa y puso una voz sugerente.
      - ¿Que quiera ver que mas habilidades posee este esclavo?-

       De inmediato  las chanzas y bromas de los libres se reanudaron sin piedad.
 -¡Si, que se desnude, que se desnude!- gritaron algunas voces femeninas y alguna que otra masculina que el subastador celebró con otra carcajada.

       Me ordeno que me levantara y tomara la posición de inspección. De inmediato me puse en pie, separe las piernas para mantener el equilibrio y arqueé mi cuerpo hacia atrás mientras subía las manos cruzándolas detrás de mi cuello, y levanté la vista al cielo. Oí un grito soez por parte de una fémina sobre la parte de mi cuerpo que se apretaba sobre la escasa tela que me cubría… y casi al instante otra voz femenina ofreció 60 tarsk por este esclavo, se escucharon algunas voces de protesta..
-¡Al menos deja que enseñe lo que guarda entre las piernas!- se quejó otra libre, mientras otras voces gritaban. 
        -¡Desnúdalo, desnúdalo!-.

       Había pasado la mayor parte de la corta estancia en Gor, desnudo entre mis hermanos, no era algo que me avergonzase, pero aun así, mi corazón parecía un tambor dentro de mi pecho, no era lo mismo estar entre ellos siendo uno más, que ser expuesto en solitario, decidí evadir mi mente durante esos ehns, en el que el subastador seguía hablando de mis cualidades esclavas y las chanzas y pujas de los allí reunidos hasta que sentí como tiraban del escaso trozo de tela que cubría mi pubis y dejándome ya completamente desnudo.

       Para entonces ya era casi como un robot desconecte mis sentidos, oía las voces muy lejanas, como si todo aquello no fuera conmigo, a excepción de la voz del subastador que me ordenaba adoptar tal o cual postura a petición del público. Ya solo quería que todo acabara y aceptar lo que me deparaba el destino hasta las últimas palabras del subastador me trajeron de vuelta a la realidad del momento.

Última oferta, un tarsk de plata!- exclamó. -¡alzo mi mano, si cierro el puño el esclavo será vendido…¿Alguien ofrece más?-  Esperó unos inhs…
-¿No?... ¡Estoy a punto de cerrarla! -Tronó su voz… A una indicación suya, me arrodillé en la posición del esclavo del placer.

-¡A la de tres cerraré mi puño…. Uno, dos, y… pero antes de cerrar la venta de este bárbaro, tengo que decir que cuando fue esclavizado y traído a esta bella ciudad no vino solo, le acompañaba otro pequeño…un futuro esclavo… su hijo!

       Sufrí un estremecimiento. Fue como si un rayo atravesase  mi cabeza recorriendo todo mi cuerpo hasta llegar a la puntas de mis pies… mi hijo?… mi hijo!, vive!

            Aquí tengo que terminar la narración de este manuscrito, he recibido la noticia de que la nave esclavista partirá pronto hacia la tierra y la falta de tiempo me impide terminarlo, me encargaré de que reciban un segundo manuscrito en la que ya les contare como iniciamos nuestro camino hacia la libertad.

         Cálidos saludos.

                                                                                            Festus, de la casa Mescatos.
                                Mercader de Ar.

               



miércoles, 13 de mayo de 2015

Zaltar Su llegada a la Gloriosa Ar (1era parte)

1.   EL PRINCIPIO.
                      
           

       Para Narrar como llegué a Gor, necesito contar la vida de mis padres en La tierra. Por supuesto, la conocí por mi padre, de ella… de mi madre apenas tengo recuerdos, murió siendo yo un bebe, y no se si puedo estar seguro de que esos recuerdos sean míos o son los de mi padre, cuando años después me hablaba de ella.

         Mi padre no conoció a sus padres, a mis abuelos. A él lo encontraron los sacerdotes que cuidaban de los niños huérfanos a las puertas del orfanato en el sureste del Neoyorkino condado del Bronx, desnudo, en una caja de cartón y su nombre escrito en un lateral a carbón, Ricardo Padilla. No supo nada mas de ellos, solo que le habían dado un nombre y que era de origen latino.

        En su tiempo libre me hablaba de mi madre y su vida con ella en un país que llamaba Tierra, mas tarde supe que nuestros orígenes no estaban en Gor, y que la Tierra era en realidad otro planeta. En esas ocasiones yo le preguntaba cuando algún detalle en Gor me llamaba la atención y quería saber si tenía su equivalencia en la Tierra. Sonreía cuando me contaba cosas de su difícil niñez, y las travesuras a las que sometía a los pobres sacerdotes, no aceptaba su autoridad y se metía continuamente en problemas, sus juegos en el patio siempre acaban en riña con los otros niños, lo que le valía para pasar mucho tiempo castigado, sobre todo en la habitación que llamaban “el armario” aislado de los demás huérfanos.

      A medida que el tiempo pasaba en el orfanato y crecía, aumentaba su inquietud y curiosidad por la vida que se desarrollaba fuera de las paredes del orfanato. Lograba esquivar la vigilancia de los sacerdotes y se escabullía a las calles saltando los muros acompañado de su mejor, -y al único que podía llamar- amigo, Michael. Por aquel entonces debían tener unos 13 o 14 años, cuando conocieron a otros dos chicos de su misma edad, que vivían en las calles y que les enseñaron a sobrevivir en los peligrosos barrios del Bronx. Lo que en principio parecía vivir aventuras fuera del orfanato se fue transformando en una vida de delincuencia. – Llevaba un mal camino –. Me decía con ojos tristes, y a la vez sus labios dibujaban sonrisa al recordar aquel periodo de su rebelde vida.

     En sus vagabundeos tenían enfrentamientos con otras bandas de chicos en la lucha por controlar los barrios cercanos al orfanato. Mi padre era alto para su edad, medía más de 1,70, y casi siempre estaba enfrentado a dos o tres de aquellos chavales a la vez. Eran muchas las ocasiones que volvían con las marcas de los golpes recibidos.
- Lo raro es que no nos expulsaran a algún internado, creo que en el fondo aquellos sacerdotes se preocupaban por nosotros. –

     Ocurrió unos seis meses después. Fue un sábado, ese día Michael y él pensaron reunir unos dólares antes de encontrarse con el resto de la banda al ver que en un callejón una ventana permanecía abierta. Todo transcurrió sin problemas, aquel piso estaba vacío y consiguieron algo de dinero. Cuando saltaron de vuelta al callejón, las sombras surgieron al momento viéndose rodeados y sin salida, eran al menos ocho chicos y ellos dos. Les quitaron dinero, y mientras a él era sujetado por dos de ellos, un tercero mantenía una navaja ante sus ojos y le propinaba algún que otro golpe. El resto del grupo golpeaban sin piedad a Michael, su cuerpo recibió una lluvia de salvajes puñetazos y patadas que lo estaban destrozando, mi padre sentía impotente la navaja en su cuello, y sabía que el sería el siguiente.

         Las sirenas de la policía alertaron al grupo de que se aproximaban. Al oírla los chicos que golpeaban a Michael desaparecieron a toda la velocidad que les permitía sus piernas, los que le sujetaban dudaron unos segundos, luego dieron a mi padre un fuerte golpe en el costado izquierdo y desaparecieron tras las huellas de sus amigos. Aquel último golpe le pilló de sorpresa, al instante noto un leve dolor en su costado, se llevó la mano y la retiró manchada de sangre, levantó su brazo y pudo ver como la sangre salpicaba el suelo corriéndole por la camisa y el pantalón, se dejó caer sobre la pared, empezaba todo le daba vueltas y se volvía tan oscuro como la noche.

       Michael murió dos días después en un hospital, la banda lo había destrozado por dentro. Mi padre pasó por el quirófano para cerrar la herida que lo mantuvo una semana en el hospital, por suerte la hoja no alcanzó su corazón, el arma entró por el costado y su punta se abrió camino hasta su espalda afectando ligeramente el pulmón, fue una suerte que en su nerviosismo el chico diera el golpe muy atrás. En cuanto la policía me interrogó me enviaron a la enfermería del orfanato. Poco le pude decir, tampoco me interesaba que supieran porqué estábamos allí.

     En la enfermería pasó el resto de su convalecencia, tan pronto como se supo en el hospital que era huérfano me “habían invitado” a dejar el hospital. La primera noche me subió la fiebre y pasé la noche delirando. A la mañana siguiente una mano retiraba una compresa de tela de su frente le despertó, pudo ver la sombra a una joven que humedecía la tela en un recipiente de agua y volvía a colocarla en su frente. Estaba fría.

Todavía entre sueños, preguntó…

- ¿Mama? - No supo la respuesta, volvió a dormirse. Él nunca conoció a su madre así que no tenía ningún sentido hacer aquella pregunta.

- Fue la fiebre, me decía, esa noche me la pasé soñando con la mujer que mi pensamiento había creado como mi madre.

        Despertó al medio día, la fiebre había bajado. Al moverme sintió como una mano se retiraba de la suya y se le posaba en la frente.

- ¡Ya no tiene fiebre! -- Dijo una joven voz desconocida.

- ¡Gracias a Dios!— Esta vez reconoció la voz del Padre Ambrosio. – No podemos con este chico,

si sigue así tendremos que mandarlo a un reformatorio o de lo contrario acabara mal. –

- ¿Qué estaría haciendo allí?—Preguntó de nuevo la voz.

- ¡Buscando que lo maten, igual que al pobre Michael¡ -- En la voz del Padre Ambrosio se notaba tristeza.

- ¿M… Mi… Michael ha muerto? – Pudo preguntar todavía adormilado mientras una corriente de tristeza le llegaba hasta el alma. Había perdido a su único amigo.

- ¡Si, pero no pienses en ello ahora, piensa en recuperarte pronto y pensar en tus actos! – Replicó una tercera voz.

- Padre, ahora no es el momento, ya tendremos tiempo de hablar con él de lo que ha sucedido y enderezar su rumbo..—Exclamó el Padre Ambrosio en un tono de protesta.

- ¡Vamos a dejarlo descansar ! – Dijo de nuevo la voz.

- ¡Vámonos Padre, hablaremos y tomaremos una decisión cuando sea el momento.! Lo dejamos en tus manos, Aíne. –

Aíne... Un bonito nombre… una cálida voz, pensaba mi padre mientras volvía a dormirse.

****

- ¡Buenos días, el desayuno! – La voz de Aíne sonaba alegre,

-¡Vamos, tómatelo y saldremos al patio a que nos dé el sol, vago! – Soltó Aíne con una risa cálida de complicidad.

      Aíne, mi madre, sostenía la bandeja entre sus manos, llevaba puesta su bata de enfermera y esperaba que mi padre incorporara para poner la bandeja sobre sus piernas. Se sentó al borde de la cama esperando que acabara de comer y poder retirar la bandeja. Mientras esperaba, sacaba un libro de su bolsillo, y le leía en voz alta. Él entre toma y toma la observaba en silencio.
   
      Ese día fue el primer día que pasamos juntos, en el patio, tu madre hablando sin parar, yo escuchándola. Me acompañó cada día hasta que nos hicimos inseparables.

     Tu madre fue una mujer muy hermosa y atractiva, me decía entre suspiros y miradas ausentes. Teníamos la misma edad, también era alta, solo un poco mas baja que yo, su pelo era rojo como el fuego, y tenía la cara salpicada de algunas pecas, sus ojos siempre me impresionaron, parecían dos esmeraldas brillantes, tienes sus ojos fue lo que heredaste de ella, sus hermosos y brillantes ojos verdes. Tu madre si conoció a sus padres. Se habían casado sin consentimiento de sus familias que se odiaban y emigraron a Norteamérica buscando una nueva vida lejos de odios familiares, así que cuando sus padres murieron en aquel accidente de coche se quedó sola en un país nuevo y sus familias de Irlanda no quisieron acogerla. Así acabó tu madre en el orfanato y así la conocí yo.

      Ella quería ser enfermera, así que los padres del orfanato decidieron que podían aprender ayudando a los enfermeros del orfanato, mientras estudiaba para tener su título cuando tuviera edad suficiente para presentarse a los exámenes.

     Al principio, la personalidad de tu madre no me gustó, era tan diferente a la mia, yo muy callado y reservado, ella no paraba de hablar, cada día al terminar su jornada se acercaba a mi cama y comenzaba a hablar sin parar, me contaba como fue su vida antes de su tragedia, sus esperanzas… sus sueños… sus miedos, su deseo de la cuidar de los enfermos, como sería su casa, el porche de su casa, cuantos hijos tendría… Yo no la comprendía ella era joven y tenía mucho que vivir, ¿Cómo podía planificar su vida tan pronto? Era desconcertante… Yo… pensaba que era una chica con una charla insufrible y que estaba un poco loca… Pero poco a poco fue ganándose mi amistad y con el tiempo, mi amor. Un día me confesó que no podía parar de hablar, porque no se atrevía a confesarme que se había enamorado de mi nada mas verme tendido en la cama. que había elegido vivir su vida junto a la mía mucho antes yo llegara a sospecharlo y cada vez que lo intentaba temblaba como una hoja.

- ¿Sabes?, tu madre fue siempre muy valiente expresando sus emociones…



      Mi padre corría entre los coches. Me llevaba en brazos mientras mi cuerpo inerte hervía a causa de la fiebre. En su desesperación lloraba pensando que no podía perderme a mi también. Nadie paraba, nadie le prestaba ayuda. Sospechaba que si yo no llegaba a un hospital no lograría sobrevivir. Al fin, pareció que le sonreía la suerte, un taxi, parado en una esquina esperaba a alguien. A los pocos metros pudo ver como un hombre delgado, tan alto como él llevaba entre sus brazos a una chica envuelta en una manta. Su pelo castaño sobresalía entre la tela.

       Apretó a correr, no le daría tiempo a alcanzarlo, el hombre alto puso el cuerpo de la chica en los asientos traseros del taxi, y se alejó de él en busca de un coche aparcado unos metros mas lejos. El taxista esperó a que aquel coche saliera primero. Lo que le dio tiempo a mi padre a alcanzar la puerta del taxi y entrar junto a la chica tendida en los asientos. El motor estaba en marcha ya.

- ¡Rápido, al hospital donde pensaba llevar a esta chica, mi hijo se muere! –

- ¡Baje del taxi!-- Fue la seca respuesta del taxista.

- ¡No pienso bajar, no voy a dejar que mi hijo muera en mis brazos!-- Bramó mi padre.


- ¡Le he dicho…..! – En este punto mi padre rodeó el cuello del taxista con su brazo.

- ¡Maneje o le rompo el cuello! – Su voz era amenazante.

         Aquel tipo pareció atemorizarse, levantó sus brazos y con voz calmada pero fría pareció rendirse a la evidencia que no podría deshacerse del intruso.

- Ok, ok, tranquilo, aparte su brazo y podremos irnos – Exclamó. Pero dijo algo más en una lengua que mi padre no conocía. Alguna palabrota en su idioma de origen pensó.

- ¡Lo apartaré cuando estemos en marcha, cuando esté seguro que vamos al hospital donde pensaba llevar a esta muchacha! --

        El conductor del taxi arrancó, y tomó la calle principal, mi padre soltó su brazo algunos minutos después. Su miedo a perderme se había transformado en rabia e ira hacia el taxista. _si lo que quería era dinero ya le pagar mas tarde, pensó._ Su atención volvió a mi, al relajarse contra el respaldo del taxi, su ira desapareció, volcó su atención en mí.

          Mientras me acunaba entre sus brazos, compungido, su pensamiento viajó a años atrás. Los religiosos supieron darle una oportunidad para redimirse y desviarlo de su mal camino, y él supo aprovecharla sin dudarlo, enderezar su camino y evitar morir joven. También conoció el amor junto mi madre, y a tener a una persona a su lado con la que compartir su vida. Le habían ofrecido elegir entre dejar el orfanato y entrar en un internado, o trabajar en un gimnasio donde también tomaría lecciones de boxeo. Acabó amándolo, en el saco de boxeo descargó sus energías durante tres años y en el ríng aprendió el respeto por sí mismo y a los demas. A los 18 años el gimnasio lo había convertido en un joven hábil y musculoso listo para pasar al boxeo profesional.

      Mi madre se quedó embarazada de mi cuando cumplía su edad adulta y les llegó el momento de abandonar el que había sido su hogar durante tantos años y comenzar a vivir una vida juntos. Durante esos tres años habían tenido sus altos y bajos, como cuando a mi madre una pareja quiso tomarla en adopción, pero mi madre ya amaba a mi padre y supo hacerse insufrible para aquel matrimonio, no estaba orgullosa de lo que hizo, había elegido su futuro y todos los caminos llevaban a mi padre.

       Se mudaron a un pequeño piso que pudieron pagar con el poco dinero que habían ahorrado trabajando en el gimnasio. Y mi madre en unos meses acabaría sus estudios de enfermería, mientras tanto había encontrado trabajo de limpiadora en un hospital. Mi padre encontró un segundo trabajo en una tienda de comestibles, de reponedor, lo que les permitía poder comenzar a ahorrar en espera de mi nacimiento y eran felices.

       Giró la cabeza y miró a la chica, hasta entonces no le había prestado atención, la manta que la cubría se había movido y estaba desnuda, excepto por la ropa interior, tuvo que admitir que era una de las mujeres mas bonitas que había conocido, incluso le pareció mas guapa que mi madre, volvió a arroparla con la manta. Pensó en mi madre, ella había muerto apenas hacía tres meses, se contagió de una enfermedad en el hospital donde trabajaba, ya de enfermera. Fue una enfermedad de esas raras y es de ahí de donde surgía todo su temor, de que yo hubiera sido también contagiado por mi madre. Comenzó a preocuparse, ya deberían haber llegado a algún hospital donde pudieran atenderme. Comenzó a prestar atención a las calles por donde cruzaban. Al mirar al frente pudo ver que entre él y el taxista se había levantado una barrera de cristal, eso le preocupo.

- ¿Cuando llegaremos a un hospital? – Preguntó sin estar seguro que el sonido le llegaría al conductor.

- ¡No vamos a ningún hospital! – la voz, tan fría como antes, le llegó de unos altavoces situados en algún lugar de aquel coche, al mismo oía el clank, clank, de los seguros de las puertas cerrarse.

       Inmediatamente se arrojó sobre la manija de apertura de la puerta, por supuesto no pudo abrirla. Casi entra en pánico, su miedo aumentó, según me explico, temía por mi vida, y por quedarse solo de nuevo, como cuando era un niño.

- Se equivocó al tomar el taxi --, sonreía, su sonrisa era siniestra. – Ya le avisé de que se bajara – dijo a continuación sin perder su siniestra sonrisa.

- Pero… esa chica, ¿No la lleva a un hospital? – Preguntó perplejo mi padre.

- Ella no está enferma va a realizar un largo viaje –replicó.

- ¿En el taxi? – Mi padre llegado a este punto me explicó que estaba desconcertado.

- No pedazo de idiota. En una nave espacial.

        Aquí fue donde mi padre se convenció que la persona que aquel hombre estaba rematadamente loco de atar.

- ¡Ey! Amigo cálmate. Solo para el carro y déjame que busque el ayuda por mi cuenta, ¿ok? --

      El hombre pareció comprender el pensamiento de mi padre, lo miró a través del espejo retrovisor y respondió: -- Demasiado tarde, tengo que llevar a la kajira al punto de encuentro y el tiempo apremia, así que relájate y buen viaje! –

- ¿Kajira…?, ¿Que demonios es una kajira ?. La voz de mi padre había vuelto a cambiar, volvía a tronar fuerte y segura, como si estuviera dispuesto a destrozar a aquel hombre solo con su voz.

- Lo cierto es que ya estamos en los suburbios, pronto dejaremos la ciudad, una kajira es una esclava, ella es una esclava, y la llevaremos a Gor junto con otras en una nave espacial, mira sus tobillos y muñecas, aunque me temo que un débil hombre de la tierra no comprenderá que tipo de mujer es ella. –

       Mi padre veía su mirada a través del retrovisor, sus ojos frios parecían no mentir, a pesar de todo le parecía una locura, pero levantó con cuidado la manta solo lo suficiente para ver sus piernas y sus tobillos atados por grilletes, volvió a la tela a su lugar, las manos de la chica sobresalían por fuera de la manta pero tenía sus muñecas ocultas por ellas. Mi padre levantó la manta lo suficiente para confirmar lo que sospechaba, también tenía atada sus manos. Escuchó unas risas, aquél tipo loco se reía a carcajadas.

- ¡Ese no es modo de tratar a una kajira estúpido terrícola, cualquier hombre que se precia ya la habría descubierto y apreciado en todo lo que vale, los hombres de la tierra sois débiles, no sois dignos de nuestro sexo, de nuestro dominio sobre las esclavas! – Mi padre se quedó helado, la boca abierta, queriendo responder pero sin saber el que. No le dio tiempo a nada mas de algún lugar un espeso gas salía de algún lugar del carro, dejándolo profundamente dormido.

       Al despertar su rostro tocaba el suelo. El lugar olía a hierba fresca y su cuerpo estaba empapado por el fresco rocío de la hierba, pronto amanecería. Al principio no recordaba que hacía allí, su mente estaba entre tinieblas. Le llevaba unas voces cercanas, estaba demasiado aturdido como para entender de lo que hablaban, y comenzó a recordar los últimos acontecimientos, seguía temiendo por mí, pero esperó a recuperar sus facultades sin moverse, escuchando las voces para poder tener una oportunidad de escapar de aquellos locos. Su mente se fue aclarando. y sus distinguían ya la verde hierba, las voces le llegaban claras, pero no pudo entender ningún sonido, hablaban una lengua que no había oído antes.

      Unos pasos se acercaban a él. Cerró los ojos y fingió que todavía no había despertado. Creyó ver su oportunidad y lanzando su brazo con fuerza pego sobre los tendones de las piernas del desconocido que estaba junto a él, lanzándolo de espaldas al suelo. Casi al momento se abalanzó sobre él. Atrapándolo por el cuello.

- ¡Mi hijo, donde está mi hijo que habéis hecho con el! –

- ¡Qui… qui… quitadme de encima a este imbécil! – Protestó el hombre con la respiración entrecortada por las manos de mi padre.

       Recibió un golpe, se sintió mareado pero no perdió la consciencia. Intentó levantarse pero fue sujeto por otros dos desconocidos.

- ¡Date prisa es fuerte como un mulo! Dijo uno de aquellos hombres.

       Casi al instante sintió como si un rayo atravesara todo su cuerpo, dejándolo paralizado, pero consciente de todo lo que sucedía a su alrededor. El tipo al que había lanzado a la hierba sujetaba una especie de barra de hierro con una luz en su punta, otro puso un pie bajo su cuerpo y lo volteó como si fuera un muñeco para ponerlo de vientre al suelo, luego clavó una rodilla en su espalda, clavándolo en el suelo.

       Esta vez aunque hablaban entre ellos lo hacían en un perfecto inglés.

- ¿¡Que hacemos con él, hemos recibido alguna oferta por kajirus!? Dijo uno de ellos.

- ¡No!, respondió otro, también algo, pero muy seco y delgado, de manos huesudas y mirada aterradora. Parecía ser el jefe de aquellos extraños seres.

- ¿Y el niño? – Volvió a preguntar.- Esta vez el jefe empleó su propia lengua, no supo su respuesta.

       El jefe sacó de entre sus ropas una caja de madera con varias ampollas y una jeringa de metal, parecía hecha en la época medieval. Eligió una de las ampollas de llenó la jeringa clavándola en mi cuerpo.

      Todos ellos vestían igual traje y sombrero negro.

     Mi padre lloraba, pensaba que todo había acabado para mí, su cerebro le gritaba.. --¡No, no, no¡… -- . Había perdido toda esperanza. Sintió alivio cuando le llegó el leve susurro del acero saliendo de su funda de cuero, pensó que todo terminaría pronto.

- ¿Acabamos ya? – Preguntó el hombre que lo tenía sujeto a tierra, mientras apoyaba su puñal en su cuello.

- ¡Espera un momento! – Respondió el jefe de ellos.

      Se reunieron de nuevo hablando ese extraño idioma que no era capaz de descifrar.

El hombre enjuto se acercó a él, y cogiéndolo por el pelo, lo obligó a mirarlo.

-Te vamos a dar la oportunidad de vivir, eres fuerte, quizás en el mercado de esclavos consigamos un buen precio por ti, si quieres vivir solo tendrás que repetir unas palabras –

     Mi padre miró con tristeza mi cuerpo tendido también en la hierba, aunque sobre la manta que la muchacha había llevado en el taxi. – Mi hijo ha muerto, era todo lo que tenía en la vida, yo también quiero morir.—

- ¿Qué te hace pensar que tu hijo está muerto? – Aquel hombre sonreía aunque su sonrisa no era nada tranquilizadora.

- ¡Vosotros, le habéis inyectado algo, al momento dejo de moverse sois unos asesinos sin escrúpulos!! --

      El hombre guardaba silencio sin dejar de sonreír. Al ver que no le llegaba respuesta se atrevió a preguntar -- ¿Entonces… no ha muerto? -

- ¡Puede que sí o puede que no! Dependerá de ti si quieres averiguarlo, solo tienes que repetir estas palabras. La kajiru…--

       Se sentía mal no había dejado de llorar, a pesar de todo aquél hombre había encendido una chispa de esperanza de volver a ver a su hijo. -- ¿Solo tengo que decir esas palabras? ¿Qué significan? --

- ¡Repítelas y lo sabrás! – Fue la seca respuesta.

- ¡La kajiru! -- . Dijo mi padre.

- ¡Otra vez¡ --. Le exigió.

-¡La kajiru¡ -- . Repitió mi padre mas fuerte.

- ¡Felicidades, has aprendido tu primera palabra en Goreano! --

       La sonrisa se volvió rápidamente en una mueca de desprecio, ordenó algo al hombre que lo sujetaba al suelo, este guardó el arma en el suelo, esposando sus muñecas y pies. Mientras el que parecía jefe de todos ellos, se acercaba con la jeringa nuevamente cargada, la clavó en su cuerpo y mientras perdía la consciencia preguntó.

- ¿Qué significa?, dímelo. --

- Significa… Soy un esclavo. –

       Perdió la conciencia, cuando volvió a recuperarla ya no estaba en su planeta natal.

Continuara...

Escrita por: